miércoles, 27 de noviembre de 2013

En otoño



Estaba perdida. Era su costumbre desde hace un tiempo. Entre frases cortas y finales inconclusos, vivía sin importarle nada, ni nadie, ni ella misma; su espíritu era como las hojas en el otoño, iba cayendo poco a poco hasta quedar sin alma, vacía, esperando con ilusión la siguiente estación para recuperar la belleza que una vez la destacó entre las demás.

No esperaba tener menos arrugas, solo deseaba que regresara el sol. Que él volviera. Que las mañanas no fuesen como el color de su cabello, sino que resplandecieran como las luciérnagas al anochecer.

Tal vez su primavera había pasado, no era momento de recordar lo que no pudo ser, lo que no fue y nunca volverá a ser, todo quedó sepultado bajo la nieve de los días que llegaron. Además de vacía, su ser no deseaba recordar los placeres que clamaba con el caer de las hojas, ahora solo quería descansar, esperar.

Y así fue. Pasó un amanecer seguido de otro, de otro más, y unos cuantos entre ambos, hasta que el sol volvió. Pero no era igual, jamás lo sería. Su brillo era menos intenso y no le produjo la emoción de antes. Perdidas todas las esperanzas, hasta las impuestas por el tiempo, no esperó más: miró al cielo, cerró las puertas y sus ojos quedaron sellados para siempre por sus pestañas.