lunes, 29 de marzo de 2010

Vivir sobre Mentiras

-¿Qué piensas?- Le dijo Clara con un hilo de voz a José. Ella parecía no entender lo que sucedía, sabía que estaba viva, pero sentía que su corazón no latía, no había ninguna fuerza que la motivara a moverse, ni siquiera para levantarse del rincón en el que yacía. –No lo sé. Simplemente no lo sé, no quiero lastimarte, yo te quiero…- 

Si lastimarme no era tu intención, lo siento, pero lo hiciste… ¿Por qué? ¿Por qué después de tanto tiempo? No soy un juguete, tengo corazón, ¿Sabías? No puedes engañar y pretender que nada paso, las cosas nunca serán así José, siento que mi sangre ya no corre por mi cuerpo, ahora sólo soy lágrimas interminables que imploran dejar de seguir existiendo; ¡Pero adivina! No pueden porque mi alma solo exprime odio, tristeza, rabia, desolación… todo lo que pensé que vivíamos era una gran mentira, algo tan falso y sucio como todas las noches que pasamos en tu cama, donde pensé que nuestros cuerpos eran uno solo, que los roces de tu piel con la mía eran el mayor placer que podía haber, pero mira como es la vida, que todos esos recuerdos que algún momento me llevaron al paraíso de los deseos se convierten hoy en la causa de mis penas, en el álbum de recuerdos de mi dolor. No puedo seguir así. No puedo fingir que todo está bien y seremos felices porque sería como hacer del vinagre el mas suculento de los vinos, es ponerme una mascara con la que todos me vean sonreír pero nunca carcomerme por dentro como lo es en realidad. No puedo entregar mi felicidad a cambio de la tuya, pues no la mereces, nadie capaz de engañar y ocultar merece ser feliz, es el mínimo castigo que merecen por egoístamente auto complacerse maltratando a rienda suelta a los demás.

En este momento las palabras no son palabras. Son esbozos de profundo odio hacia esa persona que llegó amar de tal forma que no pudo ser correspondida, gritos de auxilio que imploran ser rescatados de la oscura mazmorra de la dependencia y baja autoestima, donde se sobrevive a través del otro, donde no hay luz sin él… no hay vida sin él. Las lágrimas inundaban su pecho, hiperventilaba fuertemente, sus ojos cada vez estaban más y más rojos por las gotas saladas que le lastiman la vista al punto de no sentir que no podía ver. No podía contenerse. Le era imposible con tan sólo sentir la respiración de José a su lado implorándole perdón con su mirada. Se sentía cada vez mas miserable, pues se daba cuenta de todo lo que entregó a cambio de nada, que su vida era un mentira, que todas sus palabras y contactos con ella eran pensando en otra mujer, muy lejana a ella, donde en realidad se consumían los verdaderos anhelos de José. Se sentía sucia, repugnante al saber que nunca fue amada ni lo sería; el rompimiento era eminente, ya era hora de pronunciar esa frase que daría por terminado lo que nunca empezó y mucho menos existió…

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